El día que nos visitó



Especial Navidad

LA VISITA

Creo que me ha impresionado ver la nieve por primera vez tanto como cuando tenía ocho años y me llevaron a ver el mar. Es como un edredón blanco, mullido y gigantesco, y mirándola me han entrado la nostalgia recordando a mi familia en Senegal. Una bola de nieve en la nariz ha enfriado mi tristeza y ha desatado una guerra entre el personal de cocina y el de sala. Todo el mundo parece muy contento, la Jefa de cocina se ha quitado por fin el gorro de Pantani y se ha puesto uno de Mama Noel. Ha vuelto de Sudamérica Rocío, una chica que había estado trabajando en el restaurante y que se había marchado con Lola Flores. Todos estamos impacientes porque vamos a cenar el mismo menú de nochevieja que los clientes.
Pero de repente todo ha empezado a torcerse y han comenzado a suceder cosas realmente extrañas. Se ha desatado una tormenta terrible y ocho gatos atemorizados han entrado en el comedor del restaurante poniéndolo todo patas arriba. Ya es la cuarta vez que se va la luz y lo peor es que el agua no para de correr oscura y hasta viscosa. La Jefa de Cocina, el Maître y la Sumiller se han puesto ha discutir levantando la voz terriblemente; me parece que no encuentran el teléfono de la persona que tiene alquiladas todas las habitaciones del hotel, ni el de la persona que había reservado todo el restaurante, ni los justificantes bancarios de los pagos correspondientes. Reservas verdaderamente insólitas pues dos meses antes, el día de los difuntos concretamente, alguien con acento extranjero alquiló el hotel al completo, y a los diez minutos otra persona, también extranjera pero con acento distinto, reservó las cuarenta plazas del restaurante. Hasta ese momento no habían dado señales de vida. Rocío interviene en el conflicto y consigue que los ánimos se calmen.
Nos hemos puesto a cenar todos en silencio, escuchando el incesante ruido del viento y de la nieve golpeando los cristales, que parece que se van a romper.
Y casi sin tiempo de levantarnos de la mesa y como por arte de magia, la tormenta escampa por completo y empiezan a entrar por la puerta todos los comensales esperados para la cena de nochevieja. El restaurante se pone a funcionar a pleno rendimiento y algunos camareros que entran y salen de la cocina comentan medio sorprendidos y entre bromas el extraño comportamiento de algunos de los comensales que mientras degustan el coktail de bienvenida no paran de preguntar por los accesos y carreteras del entorno, pidiendo incluso algunos mapas de la zona. Pero cuando ya suponíamos que se habían sentado y estaban degustando el segundo de los platos, entra el Maítre en la cocina totalmente desencajado y nos dice que todos los clientes han desaparecido. Salimos todos al comedor que efectivamente se ha quedado vacío. Pero lo más alucinante es que comprobamos que no han podido salir por la puerta porque sus pisadas estarían recientes y las únicas pisadas ya semicubiertas por la nieve son las que habían dejado al entrar hace ya más de un hora. Lo que vi a continuación ojala no lo hubiera visto nunca: la Jefa de Cocina, la persona que más respeto me imponía de todas, se puso a llorar presa del pánico y muchos la imitaron perdiendo toda razón y hasta el equilibrio. Me gustaría cerrar los ojos y abrirlos en Senegal.

 

Continuará...

 

LA RECETA

 

 

 

 

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