Llegó tarde, sin uniforme y más contenta que unas castañuelas. Dijo que se llamaba Rocío, era su primer día, venía a dar un extra y tendría unos 20 años.
Fue capaz de sentarse la última a la mesa del personal y arruinar con un puñado de sal la comida más esperada de la semana: arroz con pitu de caleya. Al Jefe de cocina fue al único que le cayó bien desde el principio.
Y la despidieron. Pero no porque no tuviera ni la más remota idea de lo que podía hacer un camarero en sus horas de trabajo, que no la tenía, sino porque la maitre llamó a la empresa de trabajo temporal que en teoría nos la había encomendado y descubrió que ellos habían enviado a un chico de barba llamado Juan Carlos.
Y eso que aquel día necesitábamos a un pelotón de camareros porque el restaurante estaba hasta la bandera. Lola Flores había reservado con una semana de antelación, estaba de gira en la ciudad, para probar la famosa hamburguesa Casa Camila, recomendada por uno de los críticos gastronómicos más prestigiosos y amigo común de la gran artista y de nuestro Jefe de cocina. Y se notaba su presencia. Entrabas en el comedor y percibías como un ambiente festivo, luminoso, y era porque la señora Flores ya sentada contagiaba alegría y derrochaba simpatía. Y cuando su flamante e inapelable hamburguesa Camila estaba lista y la maitre se disponía a llevársela a la mesa, Rocío ya cambiada y con lágrimas en los ojos entró en la cocina a disculparse y despedirse. 
La maitre le quitó hierro al asunto y le dijo que pasara por la caja a cobrar las horas que había trabajado y Rocío más contenta le pidió que la abrazara. La maitre un poco sorprendida no pudo negarse y soltó el plato y abrió los brazos, momento que aprovechó la chica para birlarle la hamburguesa y poner pies en polvorosa.
Cuando la maitre quiso reaccionar ya estaba Rocío ataviada con su camiseta de los Ramones poniéndole el plato delante a La Faraona. Las dos se quedaron mirándose a los ojos fijamente sin decir nada.
La maítre, una vez rehecha de la sorpresa que le supuso que le birlara la hamburguesa para servírsela ella misma, se iba acercando disimuladamente a las dos mujeres. El resto de comensales seguían a lo suyo (dando buena cuenta de sus apetitosas viandas), aunque alguno seguía con interés la escena.
Cuando la maitre estaba a punto de ponerle la mano en el hombro a la chica, Rocío y la Faraona a renglón seguido, se pusieron a cantar con verdadero entusiasmo La Salvaora canción que Lola Flores había popularizado con Manolo Caracol casi cuarenta años atrás; a la maitre no le quedó más remedio que disimular y rellenar las copas de agua y de vino.
A partir de ahí todo el mundo empezó a prestarles atención y más cuando se arrancaron con el Lerele y Rocio se subió a la mesa y empezó a bailar llena de fuerza y genio gitano, un baile sin medida y salido del corazón, tanto que en uno de los pasos le dio una patada a la hamburguesa con tanta energía que salió volando tres mesas más allá.
Los comensales que ya estaban entregados tocando las palmas obviaron el suceso, todos menos uno, un señor muy distinguido y de aire señorial que con disimulo se apropió de la hamburguesa, la dobló cuidadosamente dentro de su servilleta y la guardo en el bolso de su señora (no sabemos si como recuerdo de la gran artista o para comérsela después).
La gente se levantaba de sus sillas aplaudiendo cada canción: La niña de fuego, La guapa de Cadiz, Copla y bandera y la fiesta se alargó hasta altas horas de la madrugada. Al día siguiente Lola Flores se llevó a Rocío con ella de gira por Sudamérica, embelesada con una chica con tanto talento y que encima se sabía de memoria todas sus canciones.
Desde entonces en el restaurante la recordamos con cariño (aquella noche se batió y con mucho el record de propinas), nos envía alguna postal de vez en cuando y una foto de su hija, pues en Sudamérica se enamoró de un boliviano, está pegada en la pared de la cocina junto a la foto del hijo del cocinero.
Para 4 personas
Lista para comer
Buen provecho.
